1/23/09

.Esperando lo que no.

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Amelia despertó aquel día, triste. Como siempre. Sin razón para seguir adelante, pero sin razón para no hacerlo. Simplemente despertó. Los dedos de sus pies estaban helados, aunque usaba gruesas calcetas para dormir. Era típico. No importaba cuánto se protegía, siempre estaba fría. De su rostro, sus labios, su nariz, sus orejas, sus párpados, sus mejillas... y bajando, sus manos. Cómo odiaba el frío de sus manos. Claro, no expresaba nada. ¿Para qué? No es que en realidad fueran a escucharla, o prestarle atención.

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"¿Estás muy ocupada? Hace mucho que no sé de tí. Me es difícil recordarte, así que quiero verte. Te hablaré. Claro, cuando encuentre mi celular, pero te hablaré"
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Esa noche Amelia soñó con él. Fue raro, pero recordó su imagen, su voz, su sonrisa. Sólo sus ojos no los recordaba. Era natural, pues nunca podía verle directamente. Le daba demasiada pena. Cuando despertó, fue igual que siempre. Con los dedos de los pies helados, pero con una ligerísima calidez en el corazón. Él había dicho que le hablaría. Eso es bueno. Y lindo. Pero sin más, pues conociéndolo, no lo haría. Así que no esperaba que lo hiciera. Sólo le dio gusto saberse que no era un estorbo. Qué rara historia. Pero es la historia de Amelia. Así es Amelia: Triste. Sin mucho que esperar. Se mueve con el vaivén del tiempo, sin importar a dónde va, porque no lo sabe, porque no le interesa.

Amelia despertó aquel día, triste.

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